Con mi mujer tenemos la costumbre de cortar una botella de plástico y usarla de alcancía. Como un chanchito pero sin el dramatismo de tener que matar al cerdo para contar el botín que nosotros mismo generamos con los vueltos que nos dan. Juntamos billetes chicos y monedas para luego obtener billetes grandes y sentir que ganamos un dinero que antes no teníamos.

Hasta hace algunos meses el intercambio lo hacíamos con mi amigo Ier. Sí, se llama Ier el chabón. Tenía un Kiosko por Once y yo solía pasar cual Leo Fariña sin rodete a dejarle la botella. Confianza mediante, él me daba el importe que yo le decía que había y todos contentos. La cosa cambío desde que Ier mudó su local a una zona alejada de mi radio de actividades. Fue ahí cuando con mi mujer tomamos la decisión de buscar nuevos rumbos para hacer negocios (si esto fuese un posteo para Linkedin le pondría “Start up”). Tomamos coraje y fuimos al super chino de la vuelta de casa. Entramos con dudas, incertidumbre y sin imaginar la cara de éxtasis que el chino pondría al ver la botella. Como por arte de magia se sumaron otros chinos que se iban multiplicando de entre las góndolas para reforzar la labor contable. A diferencia de Ier, el chino no confiaba en mí y necesitaba comprobar la cantidad de plata que había en el recipiente. A los cinco minutos nos entregó $1200 con una yapa inesperada: dos barritas kinder y una sonrisa de oreja a oreja. Entre abrazos, gestos de agradecimiento y mucha calidez nos despedimos con la promesa de volver, ya sea a comprar o a hacer negocios. Saludamos al chino capanga de la puerta de esos que fuman todo el tiempo y nos fuimos con una linda sensación. Esa misma noche volví al establecimiento chino en busca de Cepita de manzana. Para mi sorpresa el chino no solo no me reconoció sino que tampoco me saludó. Eramos dos desconocidos que nunca habían compartido nada. Me fui con mi jugo en mano, cuando comprendí que para los chinos, los que somos todos iguales, somos nosotros.